Cuando sales del cine de ver 1917, no tienes claro si pasará a la historia por tratarse de un único pero falso plano secuencia, o si lo hará como esas obras maestras a las que cada cierto tiempo acudes de vuelta, como Salvar al soldado Ryan o En tierra hostil. Un día más tarde, la balanza parece inclinarse hacia lo segundo. Porque 1917 gusta más horas después de verla que mientras estás sentado en la butaca.

There is only one way this war ends. Last man standing

Coronel mackenzie (benedict cumberbatch)

¿Cómo es posible? Le echo parte de culpa a ese ya famoso plano secuencia que, pese a constituir una auténtica proeza técnica y de dirección, te desconcentra, sobre todo al principio cuando aún no estás metido de lleno en la trama.

Lo cierto es que seguir a los personajes mientras van de un lado a otro sin que haya cortes (cortes evidentes) produce una sensación extraña a la que hay que habituarse. No estamos acostumbrados, nuestra experiencia como espectadores nos pide otra cosa.

Así, no es hasta que los soldados Blake y Schofield dejan atrás la seguridad de la trinchera, cuando uno se olvida de la cámara y está preparado para vibrar con lo que ocurre ante sus ojos.

1917

Poesía

Otro elemento que te devuelve de repente a la butaca de cine —porque 1917 debe verse en pantalla grande— es la música. Demasiado evidente, incluso alta de volumen, pero, al mismo tiempo, arrolladora. No te sorprendas si al día siguiente estás buscando las canciones en tu reproductor.

O buscando tanto la secuencia nocturna como la carrera final, que son ya historia del cine.

Lo son por la banda sonora que ha compuesto Thomas Newman —lástima que el Oscar no lleve su nombre—, por el impresionante diseño de escenarios y por el impecable trabajo de fotografía de Roger Deakins. Todos ellos hacen poesía de momentos que en cualquier otra película bélica podrían haber pasado desapercibidos.

1917 es sonido, es imagen, es escenario. Una joya del arte de hacer películas. Pero eso no es suficiente para que una cinta se convierta en pocos meses en la favorita a los Oscar, ¿verdad?

1917

Un día más en el frente

Creo que el filme de Sam Mendes me gusta más hoy que la noche que la vi en el cine también porque es ahora cuando me doy cuenta del poso que su historia me ha dejado. De ese viaje que emprenden los personajes y que termina justo como empezó, porque el que un día sobrevivas a la guerra no significa que al siguiente caigas en el frente.

Me doy cuenta de la brutalidad de la experiencia que viven los dos soldados, de la ausencia de villano porque el enemigo es la propia contienda, del alivio que debe suponer saberse superviviente un día más.

1917

La historia que cuenta 1917 no es nueva, ni original. Habla de dos soldados que deben atravesar territorio enemigo para entregar un mensaje. Nada extraordinario durante el conflicto, ni siquiera para quien lo vive.

Pero la manera en que está contada, eso, eso hace de esta película una obra maestra.

Y a quien crea que Sam Mendes no merece el Oscar como director de orquesta de un proyecto colosal, le diré, en mi humilde opinión, que está equivocado.

1917

Nota: 8 / 10

Para recordar:

Todos y cada uno de los escenarios.

Geroge MacKay.

La fotografía de Roger Deakins.

Esas dos escenas que son, ya, historia del cine.

El esfuerzo, tesón y elegancia de Sam Mendes para dar forma al falso plano secuencia.

Andrew Scott, cuánto carisma en tan pocos segundos.

Para olvidar:

Cuando el plano secuencia desconcentra y la música resulta demasiado evidente.

El pequeño bajón tras el clímax de la carrera.

A la historia le falta un poco más de gancho emocional.