Dicen por ahí que las pocas veces que el enigmático Terrence Malick decide hacer una película se propone, ni más ni menos, realizar la mayor película de toda la historia. Entiéndase por ‘mayor’ la más compleja, completa, extraordinaria o controvertida. ‘El árbol de la vida’, Palma de Oro en el último festival de Cannes, tiene un poco de todas esas cosas. Para empezar, se trata de un filme complejo, no apto para mentes perezosas; además, abarca tal infinidad de temas que también podemos calificarla de completa; en tercer lugar, ofrece un espectáculo visual y musical digno de elogios; y, por último, sólo una película tan controvertida podría generar críticas tan dispares que, en puntuaciones, van desde el 0 rotundo hasta el 10 de perfección. ¿Cuál es mi valoración?

El párrafo anterior contiene la sinopsis oficial de ‘El árbol de la vida’, donde se mencionan dos historias diferentes. Y es que la película de Terrence Malick bien podría dividirse en dos filmes distintos. Por un lado tenemos la obra de arte, la película con argumento, el de una familia de clase media descrita desde la perspectiva del hijo mayor, donde Malick retrata con elegancia y sentimiento el amor, el odio, la envidia y hasta el despertar sexual. Esta película abarcaría los primeros minutos del metraje, magistrales, así como la parte central.

Padre, madre, hermanos… a veces es tan complicado

Por otro lado, sin embargo, figura el discurso religioso, que, aunque presente a lo largo de todo el filme, ostenta el protagonismo al principio, con esa insufrible recreación del origen del mundo con dinosaurios incluidos, y alcanza el éxtasis en la secuencia final, una reunión mística que, a pesar de cerrar la historia familiar, deja la sensación de que a Malick y a su fanatismo se les ha ido la olla y para colmo nos los han vendido como una de las películas del año.

Sí, cierto es que toda la secuencia de historia de la geología tiene su sentido a la hora de explicar el drama familiar con el que arranca la película -qué es la pérdida de un hijo en comparación con el origen de la Tierra-, y que las conversaciones que los personajes mantienen con Dios ayudan a entender su psicología, pero, seamos sinceros, toda esa ‘subtrama’ únicamente ayuda a espantar a la mayoría de espectadores.

Jessica Chastain, como si de un póstaer anunciando la cuaresma se tratara

Para colmo, si tenemos en cuenta que Malick debe de pensar que los diálogos son inútiles cuando tienes un buen travelling con el que acercarte a los personajes, y que el plano de un árbol bonito o un riachuelo espumoso queda bien en cualquier momento, el resultado es un experimento -quien no considere esta película como experimental debe de haber visto mucho mundo- que atrae sólo a unos pocos. A mí, desde luego, no.

Me quedo con la historia de la familia; con el acercamiento de Malick al mundo desde un punto de vista infantil / juvenil; con sus poderosas imágenes de gran belleza, sí, pero en dosis menores; con la magnífica banda sonora de Alexandre Desplat; y con las actuaciones de Brad Pitt, la descubierta Jessica Chastain y, sobre todo, el niño Hunter McCracken. Pero me olvido de esos dinosaurios de Photoshop; esos fondos de pantalla de Windows; ese Sean Penn que mantiene el mismo gesto de perdido durante los pocos minutos que sale en pantalla; y, sobre todo, ese cúmulo de imágenes y personajes de la secuencia final que sólo agradecí porque significaba el final de la película.

Sean Penn en El árbol de la vida


Nota: 5 / 10

Apunte: Si no fuera por esos largos 20 minutos de teoría de geografía y su exagerado e inconexo tramo final, le daría un notable.

Para recordar:

La escena de la recepción de la carta, o cómo construir un planteamiento atractivo sin apenas diálogo.

El descubrimiento del niño Hunter McCracken, que prácticamente sostiene sobre sus hombros todo el peso de la película.

La música de Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores del momento.

Para olvidar:

Los 20 minutos largos que narran -o por lo menos lo intentan- el origen de la Tierra y la vida en el planeta, o, dicho de otra manera, el fragmento que provoca somnolencia aguda.

La participación muy secundaria de Sean Penn, quien se limita a pasearse por los decorados de Malick en lugar de transmitirnos sensaciones.