Si hay algo que enseña Everest‘ (2015) es que la ambición y la estupidez humanas no tienen límite. Si yo fuera aficionada al alpinismo o a los deportes extremos, que no lo soy, quizás comprendería por qué alguien arriesga su vida para pisar una cima en la que no va a pasar más de cinco minutos ni desde la que va a tener las mejores vistas de la cordillera del Himalaya. El personaje de Doug en la película intenta explicarlo: “ser capaz de coronar esa altura y no hacerlo sería un crimen”.

Pero mi sentido común me dice que el crimen sería hacerlo, sobre todo porque, para empezar, el cuerpo humano no está preparado para subir a más de 8.800 metros de altitud. Puede que lo logre durante unos minutos (con la ayuda, en la mayoría de los casos, de bombonas de oxígeno), pero la prueba de que se trata de un reto antinatura la encontramos en el filme de Baltasar Kormákur. Aquí la tragedia, la que ocurrió en la montaña más alta del mundo en mayo de 1996, se desata por la ridícula insistencia de forzar la máquina, la humana, hasta que dice ‘basta’. Sí, la mala situación meteorológica también influyó, pero por lo que se intuye del largometraje fue sólo un desafortunado factor más.

Y, así, la cinta de Kormákur plantea la misma pregunta que muchos se plantearon entonces: ¿debería el hombre seguir escalando el Everest?

“There is a competition between every man and this mountain. The last word always belongs to this mountain”
(Hay una competición entre cada hombre y esta montaña. La última palabra siempre la tiene la montaña”)
Ingvar Sigurðsson (Anatoli Boukreev)

Los peligros de tamaña aventura son claros (sin contar que la inversión económica es enorme) y, pese a tratarse de un blockbuster con potentes efectos visuales, no se traducen en grandes avalanchas ni caídas vertiginosas, sino en situaciones mucho menos impactantes pero más habituales como la falta de oxígeno o el agotamiento.

Digo esto porque habrá quien se disponga a ver ‘Everest’ dispuesto a disfrutar de una película de catástrofes con muchos sustos y efectos. Pero no, el filme de Kormákur no va por ahí, aunque su pretenciosidad a la hora de provocar emociones la delata nada más arrancar la trama.

Josh Brolin y Michael Kelly interpretan a dos de los alpinistas que se apuntan a la aventura

Intenso debate

El trabajo del islandés se centra en la expedición comercial que, en la primavera de 1996, puso rumbo a la cima del Everest y cuyo destino, que por supuesto no voy a desvelar por respeto a aquellos que desconocen la historia, generó un intenso debate sobre la explotación de la montaña más alta del planeta que cada año atraía a más alpinistas, muchos poco experimentados.

‘Everest’ aborda esa falta de experiencia que a más de 8.000 metros de altura puede resultar fatal; también la masificación de una actividad que debería, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, estar destinada a unos pocos; asimismo la ambición por lograr lo imposible; la rivalidad; el egoísmo… y, en un único trazo optimista, la capacidad de supervivencia del ser humano.

Jason Clarke es Rob Hall, el líder de la expedición

Sin rumbo, pero con preguntas apasionantes

Pero el filme de Kormákur tampoco puede considerarse cine social o un drama intimista. En realidad, uno de los desaciertos de ‘Everest’ consiste en que carece de un rumbo claro. Y por eso a veces uno tiene la sensación de que la acción transcurre demasiado despacio, o demasiado rápido; de que personajes que prometían ser importantes son despachados sin interés; e incluso de que los datos no encajan.

La consecuencia: que en cuanto terminas de ver la película corres a Internet a documentarte sobre lo que realmente sucedió. Una historia que te lleva a querer saber más del Everest, de quienes lo conquistaron, de cómo funciona el negocio de las expediciones, de cómo el deseo egoísta de alcanzar la cima se antepone a la solidaridad con los demás, de cómo la muerte en la montaña forma ya parte del paisaje.

Al final, lo que más me ha impresionado de ‘Everest’ es toda la información que he descubierto después.

Everest

Desaprovechados

La película resulta más o menos entretenida, con un par de escenas que visualmente quitan el hipo y uno o dos diálogos que hacen que valga la pena el visionado. Pero la falta de rumbo, unida a la confusión que genera la alternancia entre personajes en cuanto llega la tormenta, impiden que ‘Everest’ atrape. Además, su puesta en escena es demasiado pretenciosa (a lo que contribuye la música de Dario Narianelli); la etiqueta de “drama basado en hechos reales”, muy evidente.

Además, el desfile de actores conocidos contribuye a aumentar la confusión (¿quién es quién cuando llevan los trajes?). Jake Gyllenhaal está desaprovechado, al igual que Robin Wright, y únicamente John Hawkes nos convence lo suficiente para que intentemos comprender sus motivaciones.

En resumen, ‘Everest’ no es lo que parece, ni es lo que podría llegar a ser, pero merece la pena por comprobar hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano.

Jake Gyllenhaal, Michael Kelly y Josh Brolin


Nota: 6 / 10

Para recordar:

Los efectos especiales: realmente parece que estás en la montaña

Que despierta la curiosidad por las expediciones al Everest, algunas de ellas bastante truculentas

Para olvidar:

Su presuntuosidad  

Jugar al quién es quién cuando están en la cima (es difícil distinguirlos)

El poco respeto que muestra la película Jake Gyllenhaal y su personaje