Hacía 13 años que Clint Eastwood no se ponía delante de la cámara para ser dirigido por otra persona que no fuera él mismo. La ocasión necesitaba de cierta confianza y por eso Eastwood eligió como director a Robert Lorenz, su ‘segundo’ en trabajos como ‘Mystic River’ o ‘Los puentes de Madison’, y que debuta en solitario con este filme. En cuanto al guión, decidió arriesgarse y lo dejó en manos del desconocido Randy Brown. Pero ni una ni otra decisión fueron acertadas, ya que ‘Golpe de efecto’ dista mucho de los títulos de calidad a los que nos venía acostumbrando el gran Clint. Y es que este filme de béisbol, padres e hijas repite sin ningún perjuicio infinidad de clichés, convirtiéndose, de hecho, en un auténtico manual del melodrama previsible.

‘Golpe de efecto’ cuenta tres historias diferentes al mismo tiempo:

  • la que contextualiza, la profesión del ojeador de béisbol
  • la principal, la difícil relación entre un padre y su hija
  • y la anecdótica, el romance entre dos apasionados del deporte. 

Y cada una de ellas repite los clichés más conocidos del género.

Amy Ryan y Justin Timberlake en 'Golpe de efecto'

En el béisbol, el longevo ojeador acierta más que los sofisticados sistemas electrónicos que van a sustituirle, y el jugador popular no resulta tan eficaz como parece mientras que aquel que pasa desapercibido promete mucho más que el resto.

En el drama familiar, el padre (Clint Eastwood) es un arisco, y la hija (Amy Adams), todo un ejemplo de éxito profesional, necesita terapia para tratarle. Por su parte, en la trama romántica hay recelo inicial, noche de juerga y malentendido. ¡E incluso queda hueco para un baile!

De no ser por unos actores que nunca defraudan por muy estúpidos que resulten sus personajes –y me refiero a Eastwood, Ryan y Goodman–, así como por la magia que emana del béisbol en el cine, ‘Golpe de efecto’ iría directa al cajón de las películas ‘Ni te molestes’. Pero no es el caso.

John Goodman, Amy Ryan y Clint Eastwood en 'Golpe de efecto'

Los clichés, además, no resultan tan molestos como uno puede prever, y salvo la escena que cierra la película, permiten que el espectador disfrute de la película sin grandes quejas. Robert Lorenz demuestra un buen sentido del ritmo y hasta logra mantener cierta intriga.

Y, si el resultado no termina por convencernos, siempre tenemos a John Goodman para disfrutar de sus breves escenas y preguntarnos: ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Por otra parte, esa relación entre padre e hija desprende aroma a cine independiente, personajes complicados de digerir e historias inconclusas. Lástima que el mensaje final venga a ser del estilo ‘felices para siempre’, más apropiado para comedias puramente románticas.


Nota: 5 / 10

Para recordar:

Lo bien que últimamente está John Goodman allí donde aparece.  

El ‘clogging’, por motivos lúdicos. 

Que Amy Ryan vuelve a demostrar cómo las grandes estrellas nunca la amedrentan.

Para olvidar:

Su previsibilidad y sucesión de clichés.  

La brusquedad con que la película salta de un género a otro: película de hazañas deportivas, comedia romántica… 

Que haya quien no quiera admitir que Justin Timberlake es un buen actor

El personaje de Matthew Lillard: ridículo.