Creo que el sentimiento que mejor define el estreno de Dune de Denis Villeneuve en cines es incertidumbre. Incertidumbre ligada al miedo. Por saber si el blockbuster, que había generado una gran expectación –acentuada, además, por el retraso debido a la pandemia–, iba a cumplir las expectativas del público. O si, por el contrario, iba a suponer otro fracaso estrepitoso que iba a impedir una esperada segunda parte. Incertidumbre, también, porque estaba a los mandos un cineasta que ha creado maravillas en el terreno de la ciencia ficción –La llegada (2016), Blade Runner 2049 (2017)–, pero no dejaba de tratarse de una obra que en su anterior adaptación, la de David Lynch, no salió bien parada. Al final, con la película batiendo récords en los cines de Estados Unidos y más críticas positivas que negativas, podemos respirar tranquilos. Porque Dune merece la pena y su secuela ya está en marcha.

My road leads into the desert. I can see it.

Paul Atreidis (Timothée Chalamet)

Dune merece la pena por varias razones. La fantasía galáctica de Denis Villeneuve es un espectáculo sensorial de principio a fin: las impactantes imágenes del desierto de Arrakis y los gusanos, el sonido de las naves y las recolectoras, la textura de los diferentes escenarios…

Javier Bardem en Dune

Sin prisas

Además, y este es su gran acierto aunque también su hándicap, la trama se cocina a fuego lento, por lo que hay tiempo de sobra para detenerse en esos detalles que hacen de Dune una película para ver en pantalla cuanto más grande, mejor.

Ese cocinar a fuego lento de los acontecimientos se agradece, asimismo, para profundizar en la historia. Porque en este mundo de intrigas estelares, profecías y planetas inhóspitos, hay mucho que contar, y eso necesita tiempo. Tanto, que incluso yo hubiera agradecido un poco más, porque, sinceramente, no he terminado de entender el rol del héroe.

No obstante, que Villeneuve se tome su tiempo, que los sueños de Paul Atreidis ocupen una parte importante del metraje, o que mucho se hable del ‘elegido’ pero no tanto del para qué… dejan una sensación de prólogo tan fuerte que, pese a todo, Dune me deja fría. Ojo, no quiero decir que es lenta (en el sentido de que no pasan cosas) ni que se hace larga, porque no es el caso; sino que parece que todo conduce a algo que finalmente no sucede.

Timothée Chalamet en Dune

¿Qué le falta?

Sé que hay espectadores, muchos, que dirán que sí, que Dune es una maravilla. Y en el apartado técnico lo es, dejando para la posteridad escenas e imágenes tan sugerentes como la huida desesperada en el desierto o el ataque en el laboratorio. Pero lo cierto es que a mí no ha logrado meterme de lleno en su mundo, ni me ha generado la necesidad urgente de saber cómo continúa la historia.

Me quedo, eso sí, con la consolidación de Timothée Chalamet como estrella de Hollywood, con el buen hacer de Rebecca Ferguson, y con la fuerza de presencia que vuelve a demostrar Oscar Isaac. Con eso, claro, y también con el buen pulso que mantiene Denis Villeneuve a la hora de rodar mundos que no existen.

Zendaya y Timothée Chalamet en Dune

Nota: 7 / 10

Para recordar:

Timothée Chalamet como héroe de la historia.

Rebecca Ferguson, robaescenas.

La ambientación y la textura de los distintos escenarios.

Para olvidar:

La sensación de prólogo que deja.