Después de escuchar en varios foros que El hilo invisible (Phantom Thread) es una obra maestra, de contar sus 6 nominaciones al Oscar y de revisar su excelente puntuación en Rotten Tomatoes e Imdb, supongo que lo que me ocurre es que aún no le he pillado el punto al cine de Paul Thomas Anderson. Porque El hilo invisible, que, reconozco, es una propuesta romántica diferente y en cierto modo memorable, me ha resultado un tanto pesada y bastante aburrida. Algo similar a lo que me sucedió en su día con Pozos de ambición (2007) -y, sin embargo, aún recuerdo varias de sus escenas-. Estoy convencida de que ahí, en algún lugar, hay otro espectador como yo que no ha podido reprimir los bostezos, que ha perdido el interés por la historia a mitad de metraje y que ha sentido la tentación de levantarse y salir del cine sólo para no soportar más a los odiosos Reynolds y Alma (Daniel Day-Lewis y Vicky Krieps). Así que, el resto, por favor sed comprensivos con nosotros.

I have given him what he desires most in return. Every piece of me.
(Le he dado a cambio lo que más desea. Cada pedazo de mí).
Alma (Vicky Krieps)

El problema de El hilo invisible, que también está presente en Pozos de ambición, y que sospecho es una de las recurrencias en el cine de Paul Thomas Anderson, son sus silencios. Silencios que, acompañados de una música efectiva y unos escenarios asfixiantes, generan una sensación de desasosiego que habrá quien defina como un manera ingeniosa de evocar imágenes pero que, en la práctica, en mi práctica, agotan. Me agotan y me aburren, y sólo quiero que pasen los minutos para termine la película.

Daniel Day-Lewis está estupendo, como siempre -¿será esta finalmente su despedida del cine?-, Lesley Manville inspira el respeto temible que su personaje debe inspirar, y la luxemburguesa Vicky Krieps es toda una revelación, pero ninguno de los tres conecta conmigo como para que mantenga el interés por sus destinos. O quizá esa es la intención de su autor, guionista y director, que los tres resulten tan odiosos que la extraña relación que mantienen resulte aún más peculiar de lo que es sobre el papel.

Daniel Day-Lewis en El hilo invisible

En ese sentido, sí que resulta muy interesante qué papel juega quién en la relación. Porque ese el gran acierto de esta película: que la relación romántica que inician un diseñador de éxito maniático y una joven camarera de aspecto ingenuo no se desarrolla en absoluto como podríamos predecir.

En definitiva, reconozco la genialidad en El hilo invisible, pero el resultado final simplemente ni me atrapa ni me conmueve ni me entretiene. ¿Y dónde está esa genialidad? En el vestuario, por supuesto -ganador de un Oscar-; en las interpretaciones impecables que comentaba arriba; en la habilidad para dibujar una relación adorable, inquietante y enfermiza casi a partes iguales; en la música de Jonny Greenwood y el abanico de sensaciones que genera.

Así, pese a no haberme gustado -y, en cierto, decepcionado, porque la vi cuando ya presumía de sus 6 candidaturas a los Oscar-, reconozco que El hilo invisible es una propuesta que de alguna manera deja huella. Al fin y al cabo, para gustos, los colores.

El hilo invisible

  • ¿Por qué creo que, pese a todo, acabaré volviendo a ver El hilo invisible y entonces sí me conquistará?

Nota: 6 / 10

Para recordar:

El vestuario, como no podía ser de otra manera.

La facilidad que tiene Daniel Day-Lewis de inmortalizar a personajes odiosos.

Que, la disfrutes o la aborrezcas, no puedes negar que cumple su objetivo, y ese es dejarte mal cuerpo.

Para olvidar:

La sensación de que faltan historias por completar.