¿En cines o en Netflix? Elijas la forma que elijas de ver El irlandés (The Irishman), coincidirás conmigo en que la nueva película de Martin Scorsese es una joya narrativa. Una cinta sobre la mafia italoamericana fascinante, absorbente y que por momentos se transforma en una lección magistral de cine.

Solo Martin Scorsese podía traer al cine las memorias de Frank Sheeran y su vínculo con Jimmy Hoffa, histórico líder sindical que en su día fue todo un icono. Y solo él podía hacer de esta adaptación todo un acontecimiento cinematográfico. Sin embargo, El irlandés no es una obra maestra. Tampoco la mejor película del director neoyorquino.

Would you like to be a part of this, Frank? Would you like to be a part of this history?

Jimmy Hoffa (Al Pacino)

El irlandés lo tiene, aparentemente, todo. Una historia apasionante, diálogos memorables -el guionista Steven Zaillian apunta a su segundo Oscar-, actores sólidos -Robert de Niro, Joe Pesci, Al Pacino…- y el buen gusto musical de Scorsese.

Sin embargo, se habla más de sus flaquezas que de sus puntos fuertes. ¿Y cuáles son esas flaquezas? En mi opinión, básicamente tres:

  • una extensión desmesurada -209 minutos-, que ha provocado que haya quien divida la película en 4 tramos para verla en Netflix;
  • una tecnología de rejuvenecimiento facial que muestra a actores septuagenarios en el papel de treintañeros y distrae a menudo;
  • no aporta nada nuevo que no hayamos visto antes –Uno de los nuestros, Casino, El padrino…-.
Robert de Niro en El irlandés

Fluye como la seda

Si logramos ver la película del tirón -lo confieso, no fue mi caso- e ignorar lo raras e incómodas que resultan las versiones jóvenes de De Niro, Pesci y Pacino, disfrutaremos al máximo de una película que destaca sobre todo por el buen pulso narrativo de Martin Scorsese.

No quiero desvelar nada del argumento, pero sí os contaré que se mezclan tres tiempos narrativos, una voz en off conduce la historia y que la trama abarca casi toda la vida adulta de Frank Sheeran. Y todo, todo, fluye como la seda.

El irlandés nos presenta a Frank Sheeran (Robert de Niro), un héroe de guerra que trabaja como camionero y que pronto entabla relaciones con la mafia en la persona de Russell Bufalino (Joe Pesci), para quien pone a disposición sus otras habilidades -«pintar casas», esto es, asesinatos-. Poco a poco va escalando posiciones en la organización, conociendo a personas influyentes, mediando en conflictos… hasta que Jimmy Hoffa (Al Pacino) lo contrata. Y hasta aquí puedo contar.

Robert de Niro en El irlandés

En El irlandés, Martin Scorsese lleva su retrato sobre la mafia más allá y muestra los lazos de la organización con sindicatos, políticos y hasta presidentes. En este sentido, el filme es imprescindible.

Apela a las emociones, pero no llega

Como en cualquier historia contada en primera persona, también hay un lado humano. En este caso, el conflicto interior del personaje y la tirante relación con una de sus hijas. Sin embargo, pese a que ambas situaciones se ponen sobre la mesa, algo falla porque no terminamos de conectar con ellas. O esa es mi sensación.

El nombre de Robert de Niro figura en casi todas las listas de las mejores interpretaciones de la temporada -aunque se ha quedado fuera de los Globos de Oro y los SAG-, y sin embargo a mí me resulta fría y un tanto aburrida.

Quizá por eso el mensaje emocional de la cinta no cala tan hondo. Al fin y al cabo, es De Niro quien carga con el peso de la trama.

No ocurre lo mismo con Joe Pesci -carismático- o Al Pacino -irreconocible, eufórico en su personaje-. Cualquiera de ellos podría llevarse el Oscar el mejor actor de reparto a casa y solo podríamos aplaudir.

Al Pacino en El irlandés

Al final, El irlandés es una gran película, larga pero fascinante, aunque una se queda con la sensación de que, con un par de ajustes, podía haber sido un peliculón.

En cualquier caso, es marca de la casa Martin Scorsese, y eso casi siempre es buen motivo para ir al cine.


Nota: 8 / 10

Para recordar:

El regreso de Joe Pesci.

La fuerza de la narrativa de Martin Scorsese.

Para olvidar:

Lo mucho que distrae la tecnología de rejuvenecimiento facial.

Que le sobran minutos.