En tiempos de pantallas múltiples, de falta de ideas, de pandemia y de exceso de todo, El poder del perro (The power of the dog, 2021) nos viene a recordar que la magia del cine como formato narrativo sigue viva, y que con un puñado de imágenes y unos pocos diálogos se pueden contar historias tan desoladoras como impactantes. Como la que sucede en este rancho de Montana en 1924, y que Jane Campion ha trasladado al cine (la obra adapta la novela de Thomas Savage) de manera sublime.

Bronco Henry told me that a man was made by patience in the odds against him.

phil burbank (benedict cumberbatch)

No es hasta los minutos finales de El poder del perro cuando uno descubre qué significa tan intrigante título y todo, de repente, cobra sentido, un sentido tan especial que es difícil quitarse de la cabeza lo que acabas de ver. Pero hasta llegar ahí, Jane Campion construye un thriller psicológico en forma de western, que explora la psique y las relaciones humanas, y donde la violencia es la absoluta protagonista pese a que no se ve una sola arma de fuego en todo el metraje.

El poder del perro

El poder del perro cuenta la historia de dos hermanos de caracteres opuestos en un rancho del Oeste americano (por cierto, está rodada en Nueva Zelanda), y cómo el más fuerte de los dos, Phil, atemoriza a su reciente cuñada y al hijo de esta como mecanismo para ocultar sus propias debilidades, en un claro ejemplo de masculinidad tóxica.

En apariencia, se trata de una historia sencilla, pero la forma en que Campion crea tensión y violencia con solo mover la cámara de un lugar a otro, y la facilidad con que tanto Benedict Cumberbatch como Kirsten Dunst transmiten la angustia de sus personajes, es magistral.

Por algo estamos hablando de uno de los títulos favoritos en la temporada de premios, que, si todo marcha según lo previsto, debería llenar de galardones la estanterías de Dunst, Cumberbatch y, sobre todo, Jane Campion (¿Tercera mujer ganadora del Oscar a la mejor dirección? Probablemente).

Kirsten Dunst en 'El poder del perro'

¿Problemas de ritmo?

Sin embargo, el ritmo pausado de los acontecimientos, los cambios bruscos de tono (ni siquiera está claro cuál es el tema central de la película) y la sensación de que muchas secuencias están incompletas, hacen que El poder del perro sea difícil en ciertos tramos y para determinados espectadores.

A mí, que adoro el western del siglo XXI y amo a Benedict Cumberbatch sobre todas las cosas (este es uno de sus mejores trabajos), me ha costado entrar en la historia y, en más de una ocasión, me he salido.

La grandeza está en los detalles

Eso sí, creo que este es uno de esos filmes que hay que volver a ver. No solo para fijarse en los detalles que cobran sentido al final, sino también para deleitarse en los matices: la asombrosa fotografía de Ari Wegner, los hipnóticos paisajes, la manera en que Phil habla y sujeta el cigarro, el avance con que Rose pierde la sonrisa, cómo Peter (Kodi Smit-McPhee) le sostiene la mirada a un Cumberbatch arrollador… y también la belleza con que Campion filma una masturbación masculina.

El poder del perro tiene muchas razones para ver, volver a ver, recomendar y premiar. La primera, el trabajo de Jane Campion. La segunda, sus actores.

Puede que no te deje la sensación de «oh, dios mío, he visto una obra maestra»; ni que la experiencia sea una gozada (es lenta y a ratos puede hasta aburrir); pero lo que está claro es que no debe pasar desapercibida.

Kodi Smit-McPhee en 'El poder del perro'

Nota: 7 / 10

Para recordar:

La secuencia del piano con Rose y Phil.

La fuerza de presencia de Benedict Cumberbatch.

Kirsten Dunst en la cena con invitados.

El final.

Para olvidar:

Que sus aparentes problemas de ritmo la dejen a un paso de ser una gran película.