No sé si se deberá a mi pasión por el cine de los 80, al gusto por la realización más clásica o a la admiración que siento por dos genios de la cámara como son Steven Spielberg y J. J. Abrams, pero Súper 8, producida por el primero y dirigida por el segundo, me ha encantado. En claro homenaje a las películas de aventuras de entonces, con referencias a E.T. o Los Goonies, Súper 8 cuenta una historia de pérdida y amistad, donde la criatura misteriosa solo sirve de excusa para narrar con mucha emoción el paso de la niñez a la madurez que experimenta su protagonista.

Como ocurría en la serie Perdidos, creación de J. J. Abrams, el misterio que surge en Súper 8 –la criatura que vaga por el pueblo tras el descarrilamiento de un tren– aporta únicamente el contexto necesario para que los personajes experimenten su evolución. Lo que importa aquí son ellos, lo que piensan, sienten y cómo se rinden a la verdad ineludible: hay cosas que no se pueden controlar.

De ahí que la mayor parte del metraje se dedique a diálogos entre los niños o que se incluyan escenas tan controvertidas como el viaje en coche de los dos padres. Y de ahí también que, una vez que el tren ha descarrilado –genial el prólogo de la secuencia–, el misterio en torno a los sucesos extraños se diluya rápidamente, lo que presiento que es una de las razones de que algunos espectadores califiquen Súper 8 de aburrida.

En otras palabras, Abrams resta interés y profundidad a la trama de la criatura para dársela al pequeño Joe LambJoel Courtney–.

Sin embargo, y a pesar de que logra momentos realmente emocionantes como la secuencia que abre el filme, en términos generales se queda a medias. El espectador no llega a empatizar del todo con los personajes, tampoco a sentirse atemorizado por la criatura –en parte, quizás, porque todos sus ataques siguen el mismo previsible patrón–, así que es difícil hablar de Súper 8 como de un peliculón.

A pesar de ello, un guion ágil, con divertidas líneas de diálogo para todos los integrantes de los nuevos ‘goonies’; una puesta en escena muy lograda; una dirección clásica y eficiente –no obstante, bastante previsible–; y la nostálgica banda sonora creada por Michael Giacchino –que recuerda a E.T. y a Perdidos al mismo tiempo–, convierten Súper 8 en un filme entretenido y emocionante. Sin embargo, he de decirlo, le falta personalidad.

Parte de que saliera del cine muy satisfecha con lo que había visto se debe también al acertado reparto. Los niños protagonistas sorprenden en sus interpretaciones, sobre todo las dos ‘estrellas’ del grupo, Joel Courtney y Elle Fanning, y la química que transmiten es perfecta para que queramos verles más en pantalla. En cuanto a los actores adultos, Kyle Chandler está inmejorable, mientras que Noah Emmerich y Ron Eldard dan la impresión de que podían haber aportado más –sus papeles tampoco son muy extensos–.

En definitiva, qué alegría volver a tener en el cine una película de aventuras como las que ‘se hacían entonces’ y, lo que es mejor, disfrutarla con el mismo entusiasmo.


Nota: 8 / 10

Para recordar:

Esa primerísima escena que cuenta de manera brillante un suceso trágico: puro cine.

La complicidad entre sí que transmiten los actores adolescentes.

La actuación de Elle Fanning en la película que los chicos ruedan dentro de la película. Y también fuera de ella, para qué negarlo.

Para olvidar:

La previsibilidad de (casi) todos los ataques del bicho misterioso y lo poco que nos atemoriza.

El insulso discurso que el chico protagonista le suelta a su atacante –sin embargo, concuerda con la edad y carácter del chaval–.

Lo poco curiosos que se nos presentan los vecinos del pueblo –¿por qué no preguntan qué hacen los soldados allí?– y lo torpe que aparenta ser el ejército.

Los reflejos luminosos, que acaban por resultar molestos.