Antes de sentarte a ver La madre del blues (Ma Rainey’s Black Bottom, 2020), debes tener en cuenta tres cosas para poder apreciarla y disfrutarla mejor. Una, la película adapta una obra teatral de August Wilson, y esa teatralidad se aprecia en cada línea del guion. Dos, no te sorprendas si sientes que el filme es, de principio a fin, una canción. Y tres, esta es la última actuación de Chadwick Boseman antes de morir (a los 43 años de edad), y no podía habernos dejado mejor legado. Vaya derroche de talento.

A one. A two. A you-know-what-to-do.

Cutler (COLMAN DOMINGO)

Más allá de lo que consiga en la temporada de premios (está presente en un buen número de categorías, aunque los Globos de Oro se olvidaron de nominarla a mejor drama), La madre del blues va a pasar a la historia, entre otras cosas, por suponer el último y mejor trabajo del actor norteamericano. Porque lo que aquí hace Chadwick Boseman es dejarse la piel en cada escena, comerse la pantalla con cada gesto, y crear uno de esos personajes a los que no puedes quitar el ojo de encima. Y todo eso mientras en la vida real luchaba contra el cáncer que finalmente se lo llevó.

Cómo habla, cómo se mueve, cómo deja asomar la fragilidad que su personaje trata de esconder… Boseman es, sin duda, el mayor reclamo de una cinta que puede cautivarte con sus palabras y su musicalidad, o bien fulminarte de aburrimiento, pero que en cualquier caso deja huella.

La magia del teatro en una pantalla

Ahora, vamos al primer punto que comentaba al principio: La madre del blues es la adaptación al cine de una obra de teatro. Aunque no lo supieras, lo ibas a notar en cuanto los músicos de la banda de Ma Raney se meten en el cuarto de ensayo. Se aprecia, también, en las situaciones, en cómo se mueven los personajes de un lugar a otro y también, y sobre todo, en los diálogos.

Conversaciones que da gusto escuchar, que iluminan, que hacen pensar… pero que resultan forzadísimas, pero que aceptamos porque sabemos que esto es, en origen, una pieza teatral.

El tercer punto que mencionaba se refiere a la música. La película que dirige George C. Wolfe cuenta lo que sucede en un estudio de grabación un caluroso día de verano, cuando Ma Raney (personaje real) y su banda se disponen a grabar un nuevo disco. Corre el año 1927 y la población negra no lo tiene nada fácil. Hay segregación, hay tensión, hay sueños que no tienen salida… En definitiva, el ambiente es explosivo.

La madre del blues
La banda: Chadwick Boseman es Levee y, al fondo, Glynn Turman como Toledo, Michael Potts como Slow Drag y Colman Domingo como Cutler (David Lee / Netflix)

Sofocante

Desde el primer momento sabes que estás presenciando una olla a presión sin control, pero la sensación es la de estar en un musical, en un homenaje al blues. Los diálogos, los movimientos… todo tiene una musicalidad que hace la película deliciosa, incluso cuando no suena un solo acorde.

La ambientación también ayuda a meternos en la historia y sentir en la piel el calor y la tensión del momento. El aspecto de Ma Raney ayuda a ello. A la que, por cierto, le da vida una Viola Davis perfecta, como siempre; tan perfecta, que no se me ocurre qué más puedo añadir.

Viola Davis en La madre del blues

Al final, La madre del blues te atrapa en su red de música, reivindicaciones, violencia y talento interpretativa, para, en sus minutos finales, dejarte sin palabras con un desenlace… brutal. ¿Merece la pena? Sí, por supuesto.


Nota: 7 / 10

Para recordar:

El recital de talento de Chadwick Boseman.

La arrolladora presencia de Viola Davis.

La música, cómo parece sonar incluso cuando no lo hace.

Para olvidar:

Algunas secuencias y conversaciones se hacen muy largas, con lo que es fácil dejar de prestar atención.